Síguenos

btyout

bcf

lgt

 med

El azúcar de la bondad

azucar

Un campesino estaba tratando de amansar un caballo salvaje.  En su esfuerzo inútil por enseñarle a tirar del carro, el hombre lo castigaba duramente.  Este cuadro, que se repetía cada día, lo observaba la esposa del campesino. 

 

Hasta que cierta mañana ella tomó unos cuantos terrones de azúcar en su mano y se dirigió al establo. Allí se acercó lentamente al indomable animal, y comenzó a acariciarlo y a darle el azúcar.

Entonces, al ver que con semejante trato el caballo se había tranquilizado, la señora siguió hablándole y acariciándolo.  A los pocos minutos el temible animal estaba tan manso, que la mujer lo pudo colocar entre las varas del carro y salió a dar una vuelta con él, ¡El esposo no podía creer lo que veía!

¿No cree usted que la reacción de este animal se asemeja mucho a la de los seres humanos?  ¿Cuánto consiguió el campesino castigando a su caballo?  Absolutamente nada.  En cambio, unos pocos terrones de azúcar y unas pocas caricias hicieron el milagro.

¿No descubrimos aquí una gran lección de relaciones humanas?  Si tratamos a los demás con rudeza, con descortesía, o con indiferencia, así nos tratarán ellos a nosotros.  Pero cuando sabemos utilizar el azúcar de la bondad, ¡cuán hermosos resultados cosechamos!

Esos terrones de azúcar son un símbolo de espíritu suave, considerado, cordial y hasta perdonador cuando es necesario.  Cada vez que manifestamos esa clase de espíritu hacia el prójimo, nos devuelve generalmente con la misma moneda.  ¿Hay entonces riqueza o no en tratar a nuestro hermano con bondad?  Con razón la divina Palabra dice: “vestíos de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.  Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:12 y14).

Hosting y diseno por Soluciones Web 2.0