machinery ¡CUÁNTO PODRÍA decirse acerca de cada uno de nuestros órganos y de sus respectivas funciones! ¡Qué mundo de asombro y misterio se encierra en las glándulas, los sentidos, los músculos, los nervios, los huesos y en la capacidad de reproducción!...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De las singulares funciones del cerebro, todavía no se conoce toda la verdad. ¿Cómo una masa carnosa envuelta en un cofre de hueso puede pensar, memorizar, imaginar, crear, relacionar y a la vez encerrar nuestra conciencia moral? No existe computadora electrónica que pueda competir con nuestro cerebro. ¡Qué riqueza de vida! Teniendo una maquinaria tan perfecta y maravillosa, ¿podría el hombre sensato dañarla deliberadamente? Sin embargo, ¡con cuánta frecuencia se atenta contra la propia salud! Cada vez que el fumador consume un cigarrillo, cada vez que el alcohólico bebe su copa favorita, cada vez que el drogadicto acude a la droga maldita, se produce un triste atentado contra la vida física, mental, social y moral. ¿Es que los tales no valoran su salud y la maravilla de su organismo? ¿O no recuerdan que así están dilapidando su mejor capital, que es la vida misma? Si usted fuma, acorta su vida en un promedio de quince minutos por cada cigarrillo que consume. Si usted fuma, tiene una probabilidad cincuenta veces mayor de contraer cáncer de pulmón que si se abstuviera del tabaco. Muchas de las enfermedades que sufrimos podrían evitarse si tan sólo supiéramos ser más cuidadosos con nuestro propio cuerpo. Cuántas muertes prematuras, cuántas lágrimas y dolores desgarradores podríamos evitarnos si supiéramos cultivar buenos hábitos de vida. Pero el cuerpo no solo se resiente con tabaco, alcohol y drogas. Quien come lo que sabe que le daña, o deja de comer lo que le hace bien también deteriora su cuerpo. Aun la manera de pensar y de sentir afecta directamente, para bien o para mal, la marcha de esta prodigiosa máquina de carne y hueso. Quien vive presa de la ansiedad, la preocupación, el temor o la angustia, tarde o temprano enfermará su cuerpo, por haber enfermado previamente sus emociones.

A veces apenas una amarga discusión con la familia, o con el vecino, puede envenenar nuestra felicidad, al punto de sentirnos luego mal del estómago, sin apetito, con dolor de cabeza y con otros malestares. ¡Cuán importante es entonces adoptar una actitud mental constructiva y positiva! Esto significará esforzarse por cultivar el optimismo, la comprensión, el buen humor y el contentamiento. Pero este esfuerzo siempre dará los mejores dividendos. Siendo que la felicidad de la vida guarda una relación tan estrecha con nuestra salud física, y viceversa, ¿cómo podríamos ser desconsiderados en el trato que le demos a nuestro organismo? Además, hace bien recordar que nuestro cuerpo es el «templo del Espíritu Santo», y que para asegurar una mejor relación con Dios corresponde mantener nuestro estado físico en buenas condiciones. ¿No le parece?