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Las cosas más valiosas de la vida son abundantes y gratuitas para todos. Por lo tanto, bien podría afirmarse que todos somos ricos, aunque andemos escasos de dinero...

 

 

 

 

 

 

 

Por ejemplo, el sol, el aire y el agua, tan abundantes como gratuitos, valen más que cualquier dinero del mundo. Desde la majestuosa luz solar que alumbra y hace fructificar el suelo, hasta la chispa matinal que nos despierta por la mañana; desde la atmósfera que rodea la tierra, hasta la porción de aire que llena nuestros pulmones; desde los inmensos mares que contiene el planeta, hasta el pequeño sorbo de agua que apaga nuestra sed, todo, absolutamente todo lo que mantiene nuestra vida es un regalo de Dios, por el cual no debemos efectuar pago alguno. Sin embargo, ¡cuántos se empobrecen por no saber aprovechar estos regalos del Creador! Algunos viven tan concentrados en su mundo laboral o encerrados en su pequeño espacio vital, que no tienen tiempo ni ganas de tomar un poco de sol en el fondo de su casa o en la plaza cercana. Otros, arruinan su salud con el aire contaminado que respiran, porque, siempre afanosos en el taller o en la oficina, no aprecian el aire puro que la naturaleza les ofrece con tanta generosidad. Y ¿qué decir de aquellos otros que todo lo que beben contiene alcohol o alguna forma de alcaloide, en lugar del agua común y refrescante que tonifica el organismo? ¡Cuán poco solemos valorar el sol, el aire y el agua! Al extremo de que a menudo nos afligimos por lo que nos falta, cuando con tales bienes naturales podemos sentir que hay razón para disfrutar de la vida. ¿O es que nos parece que el mayor mérito de una persona se mide por lo que compra, acumula y exhibe? ¿Se acuerda de Diógenes, quien tiró la única taza que tenía porque se dio cuenta que podía tomar el agua con la palma de la mano? ¡Un caso extremo! Pero un modo gráfico de delatar los excesivos artificios de la vida moderna, que están lejos de hacernos realmente ricos y felices. Por el contrario, ¡cuántas veces empobrecen el alma! Pero no solo podemos sentirnos ricos por tener sol, aire y agua en abundancia, sino porque además podemos sonreírle al hermano, ayudar al necesitado, consolar al doliente y amar al ser querido. Todo esto, cuando brota de un corazón noble, beneficia a otros y nos enriquece a nosotros mismos. Mientras tengamos esto para compartir, seremos ricos. Si renunciamos a este privilegio, seremos pobres. Mientras nos mantengamos junto a Dios, él aumentará todavía más esta riqueza del corazón.

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