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r2¿HABÍAMOS pensado que la vasta red de venas y arterias de nuestro organismo tiene una extensión tal que con ella podríamos dar más de dos veces la vuelta al mundo? Sí, nuestro complejo aparato circulatorio cuenta con más de 90 mil kilómetros de tuberías para distribuir el alimento y el oxígeno por todo el cuerpo, y para expulsar las sustancias nocivas. Pensemos ahora por un instante en los glóbulos rojos que avanzan por tales tuberías...

 

 

 

 

 

esos diminutos componentes de nuestra sangre, sin los cuales no podríamos vivir. Un glóbulo rojo mide 7,5 milésimos de milímetro y entre uno y dos milésimos de espesor. Por nuestra sangre corren nada menos que 25 mil millones de estos glóbulos; y para reemplazar a los que se gastan, continuamente estamos produciendo nuevos glóbulos, ¡dos millones y medio por segundo! ¿No es todo esto una maravilla? En menos de dos minutos todos los glóbulos rojos alcanzan a viajar desde nuestro corazón hacia todas las arterias y capilares, y regresar por las venas. Los glóbulos rojos son importantes células que tienen su origen en la médula de los huesos. ¿Para qué sirven? Su propósito principal es transportar oxígeno de los pulmones al resto del cuerpo. Y luego se encargan de llevar de vuelta a los pulmones el bióxido de carbono que se produce en el organismo, y vuelven a tomar otra carga de oxígeno. ¿Cuánto alcanza a vivir un glóbulo rojo? Apenas 120 días. Sin estos corpúsculos tan diminutos se acabaría la vida. Con sólo comprender la importante función que cumplen, llegarnos a la conclusión de que por nuestras venas y arterias. corren ríos de vida, que hacen rica y asombrosa nuestra existencia. Ya que hablamos de la sangre, digamos que nuestro corazón bombea siete toneladas de sangre por día, y se contrae 45 millones de veces por año. Ni la bomba más perfecta fabricada por el hombre podría compararse en rendimiento y resistencia con nuestro corazón. Una palabra sobre nuestros pulmones. ¿Sabía usted que contienen unos 300 millones de pequeñas bolsas de aire? Si la delicada membrana que los recubre fuese desplegada, cubriría cerca de 200 metros cuadrados. Gracias a los pulmones absorbemos el aire puro indispensable para la vida. El humo sucio y el aire contaminado son enemigos de nuestra salud. En el estómago, el hígado, los riñones y el páncreas, encontramos una fabulosa riqueza de vida. Solo el páncreas, del cual poco se habla, cumple un papel de gran importancia en la digestión y en la elaboración de hormonas y enzimas indispensables. Gracias a este órgano se mantiene el equilibrio del azúcar, fundamental para la vida.

No olvidemos a los ojos. Con sus millones de conexiones eléctricas, pueden manejar más de un millón de mensajes simultáneamente. Sus pequeños músculos para enfocar con precisión los objetos, se mueven unas cien mil veces por día. La retina contiene 137 millones de células sensitivas a la luz: 130 millones en forma de bastoncitos, para la visión en blanco y negro; y el resto, en forma de conos, para la visión del color. Lo que capta el ojo lo transmite al cerebro a una velocidad de 500 kilómetros por hora. El oído es otro prodigio de la naturaleza. Tiene suficientes circuitos eléctricos como para dar servido telefónico a una ciudad de buen tamaño. La membrana del tímpano es tan sensible que puede captar el más tenue murmullo, vibrando apenas una mil millonésima de centímetro. Los tres huesecillos del oído medio y el líquido del oído interno se encargarán del resto: transmitirán el sonido al cerebro y oiremos, interpretaremos y actuaremos. ¿No le hace sentir rico o rica su maquinaria humana? Tal es el imponderable y magnífico don de la vida, en el cual se atesora nuestra mayor riqueza. Cuando este don se corta, nos convertimos en un cuerpo inerte y frío que desaparece de la vista. ¡Tan gran cosa! ¡Tan poca cosa! Pero la vida, ¿acaso no se enriquece y permanece cuando convivimos con el Creador y hacemos su voluntad?

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