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   Nadie podría negar que vivamos en un mundo encendido por el odio.  Odio entre las naciones, odio entre las razas, odio entre los hombres de distinta posición.  Y mientras la humanidad suspira por la paz y la concordia entre los pueblos, se siguen fomentando los sentimientos fratricidas, y se siguen utilizando la guerra y la violencia para dirimir las diferencia humanas.

   El espíritu de amor y de perdón escasea entre los hombres.  Nos seguimos valiendo de la implacable ley del talión  del “ojo por ojo y diente por diente”, y olvidamos la ley del amor que nos ordena aun amar a nuestros enemigos, tal como lo ejemplifica el siguiente caso verídico.  Era una señorita  ante cuyos ojos un enemigo político mató al hermano de ella.  Tiempo más tarde, mientras la joven trabajaba como enfermera en un hospital, reconoció en uno de sus pacientes al asesino de su hermano.  El hombre estaba muy enfermo, entre la vida y la muerte. Del cuidado de ella dependía su vida.  Pero en lugar de vengarse, decidió perdonarlo.  Luchó por salvarle la vida, y lo consiguió.

  Cuando el hombre supo quien había sido su enfermera, la miró lleno de asombro, y le preguntó: “¿y por que no me dejó morir?”  Y la dama simplemente le respondió: “señor yo soy cristiana y mi maestro perdonó a sus enemigos que lo crucificaron.  Yo debo hacer lo mismo por amor a él”  Entonces el hombre, entrecortado por la emoción alcanzo a decir: “si eso es lo que significa ser cristiano, yo también quisiera serlo”.

   Se requiere más valor y fuerza espiritual para perdonar que para expresar la venganza con que muchos pretenden hacer justicia.  La sublime doctrina de Cristo nos enseña a dejar que Dios juzgue a los hombres, en lugar de que ellos sean objeto de la venganza humana.

   El odio, el rencor y la sed de represalia no pueden tener cabida en el corazón de quien se considere cristiano.

   Con razón Jesús nos exhorta a ser perdonadores y compasivos con todo aquel que nos haya agraviado y ofendido en cualquier forma.  Este proceder no solo garantiza nuestra paz interior, si no que además nos da la alegría de expresar nuestro amor fraterno aún a aquel que no lo merece.

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